Amor ideal vs. Amor real

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Sé que estás preguntándote dónde está esa pareja ideal de la que tanto has oído hablar, has visto en las películas de Hollywood, has escuchado de ellas en viejos boleros y te han contado tus abuelos.

Déjame serte franca, la pareja ideal no existe, sin embargo sí existen relaciones sólidas, comprometidas, fieles, que logran establecer canales de comunicación efectivos, que se esfuerzan por transformar sus batallas cotidianas en batallas compartidas, relaciones de sostén donde no hay lugar para lucha de poderes y sobretodo parejas que ponen a Dios en el centro sus vidas. Esas sí que son parejas que hacen de sus ideales una realidad. Tal vez te gustaría que te cuente cómo lo logran, mira llevo más de quince años dedicándome al acompañamiento psicológico de matrimonios que llegan rotos, avergonzados, lastimados y destruidos, pero siempre detrás del dolor y la noche más tenebrosa he visto milagros.

Quita la imagen del cuento de hadas de tus creencias, sé que eres un hombre que no creció leyendo cuentos de niñas, pero has tenido hermanas, has visto la tele y has ido al cine, entonces muy adentro de ti, se ha instalado la imagen de una joven modelo de pasarela, con buenos modales, fina y sobretodo ingenua como Cenicienta. A eso se le fueron sumando las voces de la tele, que debe ser sexy, atractiva, capaz de todo y provocativa. Y ni te digo las nuevas voces que suenan por ahí. Crees que no perteneces a este tipo de hombres, te aseguro que sí, todavía demuestran cientos de encuestas que los hombres siguen  buscando mujeres ideales.

 Y tú que eres una mujer moderna, te dices, yo no creo en fantasías, pero no estás ajena a toda esa quimera medieval. Dentro de ti, tienes instalado el control remoto que enciende la imagen del hombre que vendrá por ti, musculoso, valiente, refinado, con pinta de actor y que tiene dinero para satisfacer todas tus ilusiones. Ni que decirte que la tele ha hecho de lo suyo, por eso, quieres que tenga auto, que sea un galán, que nada tenga que ver con los que están en el montón o en la esquina de tu casa, porque tú quieres un hombre ideal, que no existe.

Acepta la realidad, es posible amar y ser muy feliz, aunque no sea como lo proyectas. Todos en realidad, tendemos a poner  en el otro, los aspectos que deseamos que tenga esa persona, a eso los psicólogos le llamamos proyección, si necesitas que sea amable, seguro tienes esta frase en tu boca “es tan dulce” y no eres capaz de ver que a veces no lo es, que tiene aspectos poco afectuosos y que en realidad así es cómo necesitas creer que sea para sentirte feliz. Deja de proyectar, acepta  que ella o él a veces no es amable pero tiene otros aspectos que son agradables y puedes vivir con eso.

El amor verdadero acepta el paso del tiempo, la enfermedad, las pruebas, el desempleo, la tempestad en la ventana, entonces descubres que ha perdido pelo, que ha engordado, que ronca por las noches, que tiene mal humor en las mañanas, que gasta demasiado y no sabe administrar y que a veces no quiere nada de sexo. Porque el amor verdadero se basa en reconocer al otro como imagen de Dios, en mirarle a los ojos y ver en esa persona una ayuda idónea que caminará a tu lado, haciendo posible que la felicidad sea una realidad. El  amor verdadero ese que Dios ha soñado para ti, comienza cuando eres capaz de comprender que esa persona a tu lado, fracasa, no es tan exitosa, es vulnerable, tal vez es rezongona, no tiene auto y cada tanto llora.

El amor que dura para siempre, es el que es capaz de armonizar ese ideal metido adentro, con la realidad y aun así rescatar a ese ser real y hacerlo único objeto de su amor pleno. El amor de ese tipo es el que Cristo nos enseñó y ahora la psicología le pone mil nombres, amor resiliente, emocionalmente inteligente, etc. Es el que todo lo espera, todo lo soporta, no es rencoroso, no busca lo suyo y ya sabes el resto.

El amor real, no opta por el disfraz, ni huye, sabes a que me refiero, hay parejas que “soportan al otro” mientras obtengan ciertos beneficios, que pueden ser sociales, económicos, sexuales, etc, en vez de afrontar la situación y tratar de mejorar la relación, eso son aquellos que disfrazan el amor, pero eso no está lejos de la felicidad. Por otro lado está el amor que huye, tiene las valijas listas cuando algo no es como esperaba, es el amor menos maduro que existe, pues eso sólo es un camino de escape, una vía fácil pero incapaz de resolver problemas o enfrentar situaciones. El amor real, se queda, y es auténtico, no necesita disfraz porque se sienta y dialoga, plantea, expone y propone, además no huye, se arremanga la ropa y saca el agua del bote si es necesario pero salva al amor de ahogarse y enfrenta las limitaciones personales, desarrolla habilidades para lidiar con las asperezas, las decepciones y las frustraciones. En una palabra hace un esfuerzo porque ese amor siga otro día, otro mes, otro año y un final tomados de la mano.

El amor real se baja del caballo, no le importa no llegar a la cima de la torre y tolera no poner la bandera, en otras palabras, no vive haciendo del hogar un ring, luchando por quién tiene la razón, quién manda más o quién es más exitoso. El amor real se basa en una relación de apoyo, donde se logran acuerdos, se aprende a negociar y las diferencias se reconcilian. Dios dijo que la mujer es ayuda idónea del hombre y que el hombre debe recordar a la mujer como vaso frágil, de modo que el amor real hace saludable el día a día, teniendo en mente estos principios bíblicos, porque se valoriza la opinión del otro y se trata de sostenerle cuando sea necesario sin necesidad de protagonismos.

El amor real acepta la presencia de un tercero llamado Dios, sí es un amor que comparte a la persona amada con Dios. Sí sé que no estabas preparada o preparado para escuchar esto,  pero el amor real, acepta que Dios esté como primer lugar en su vida, antes que tú. El amor real busca tener comunión con Dios para luego tener comunión con la persona amada. Quizás tengas que aceptar que le dedique cada día un tiempo a estar a solas con Dios, en sus devocionales, en momentos de oración, en el lugar de adoración o sirviendo al prójimo.

Si estás pensando en compartir tu vida con alguien ten en cuenta estas palabras y si ya estás compartiéndola, tal vez puedas hacer algunos ajustes.

Por Marta Martínez Aguirre. Psicóloga

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